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Le pagué la matrícula a mi novio. Al entrar para dejarle su merienda, lo veo con otra. Me quedé perpleja, y patética.

Estaban en un pasillo riendo a los besos. Dejé caer mis brazos en cada lado. Había decidido no empezar este año para que él pudiera empezar.

Y ahora. Me sentí patética. Volví sobre mis talones a la recepción y dije:

-Yo… Me confundí con un pago -comenté y la chica me observó con sorpresa y suspiré contándole todo.

-Bien, «me confundí», ahora mismo coloco tu carrera y nombre -anunció y sonreí.

Mañana volvería a estudiar. Tenía un nudo enorme en la garganta. Pero llegó el día y estudie con todas mis fuerzas.

Cuando cayó la noche, la puerta de mi departamento fué golpeada. Al abrirla, Vi a mi novio furioso con una hoja en la mano.

-¡Casi me expulsan de una clase por no tener pago! ¡Explícame!

Sonreí y me acerqué a él.

-¿Por qué no le dices a la chica con la que te besabas? -quise saber y el me observó perplejo. Coloco las manos en posición de petición.

-Dejame explicarte amor mío.

-No Ricardo. Ya no hay nada que explicar. Gracias. Me di cuenta que jamás debí ponerme en segundo lugar.

Cerré la puerta sonriendo

Me quedé un momento apoyada contra la puerta, con la respiración entrecortada. Sentía un temblor en las manos, pero no era de tristeza, sino de furia contenida. Me había esforzado tanto por él, había renunciado a mis propios sueños para darle la oportunidad de cumplir los suyos, y así me lo pagaba. No. No más.

Inspiré hondo y me obligué a sonreír. Me lo debía a mí misma. Me merecía algo mejor.

Los días siguientes fueron una prueba de fuego. Me dolía encontrarlo en los pasillos, verlo con ella como si nada hubiera pasado. A veces, intentaba acercarse a hablarme, pero yo simplemente pasaba de largo, sin mirarlo. No iba a darle el placer de mi atención.

Me enfoqué en mis estudios como nunca antes lo había hecho. Me dediqué a aprovechar cada clase, cada lectura, cada oportunidad de aprender. Y algo curioso comenzó a ocurrir: me sentí más fuerte, más segura de mí misma. Me di cuenta de que no lo necesitaba, que nunca lo había necesitado. Me había convencido de que mi felicidad dependía de su éxito, cuando en realidad, mi felicidad dependía de mí.

Una tarde, mientras repasaba mis apuntes en la biblioteca, una compañera se acercó.

—Oye, te vi en la clase de filosofía. Eres brillante con los análisis. ¿Te gustaría estudiar juntas para el examen?

Acepté con una sonrisa. Comencé a hacer nuevos amigos, a rodearme de personas que realmente apreciaban mi compañía. Poco a poco, la sombra de Ricardo dejó de importarme.

Pasaron las semanas y un rumor empezó a correr por la universidad: Ricardo y la chica con la que se besaba ya no estaban juntos. Al parecer, ella solo había jugado con él y cuando se aburrió, lo dejó sin más. No pude evitar una pequeña sonrisa cuando lo escuché. El karma a veces era justo.

Una tarde, mientras salía del campus, sentí una presencia a mi lado. Me giré y lo vi. Ricardo, con una expresión de arrepentimiento y desesperación.

—¿Podemos hablar? —preguntó en voz baja.

—No tengo nada que decirte —respondí con tranquilidad.

—Por favor, cometí un error. Sé que fui un idiota, pero te extraño. Quiero intentarlo de nuevo.

Lo miré durante unos segundos, sin sentir ya ni rabia ni tristeza. Solo indiferencia.

—Yo también cometí un error —dije con calma—. Y fue creer que valías la pena.

Sus ojos se agrandaron, como si realmente no hubiera esperado esa respuesta. Yo simplemente sonreí y me alejé, sintiendo el alivio de haber cerrado ese capítulo de mi vida.

Mientras caminaba, una sensación de libertad me invadió. Por primera vez en mucho tiempo, estaba viviendo para mí y no para alguien más. Y eso, sin duda, era la mejor decisión que había tomado jamás.